Nace de la incomprensión de unos catorce años y va creciendo en la búsqueda de la significación mental.

lunes, 11 de julio de 2016

Aprendí a volar

Aprendí a volar.
En primera clase y...
con un aterrizaje mas o menos perfecto.



Empecé ascendiendo por el descubrimiento infantil y por esa inocencia caracterizada de la poca experiencia.
Me di muchos golpes por el camino hasta que conseguí equilibrar el vuelo.
Con el tiempo el equipaje aumenta. Cada vez tienes más cosas en la cabeza y eso, pesa.

Para los despegues se necesita más potencia, así que me agarraba a las sonrisas generadas por cuatro amigos tirados en el césped de algún parque perdido. También me enganchaba a la satisfacción personal que se crea tras haber ganado una competición. De las sorpresas increíbles de personas especiales, de lo diferente que es inesperado, de los mensajes bonitos de noche y, por supuesto, de esos besos robados que te dejan loco pero que luego quieres más.

Si... Con eso ya tenía toda la fuerza suficiente para empezar. Pero ahora viene lo más complicado: estabilizarse en lo más alto. El equilibrio cuando rozas las nubes. Saber mantenerse cuando llegas a la cima.

Para ello, utilicé esa tranquilidad al saber que terminas por fin ese trabajo tan aparatoso. El placer y disfrute de un gran helado de chocolate. La relajación en un día de libranza vagueando por casa. Las películas con manta nevando fuera, en los masajes en la espalda y en la paciencia de los padres.
El saborear los momentos vividos y en pensar en la cantidad de ellos que aún me quedaban por vivir, eran claves para mantenerme en el aire.

El aterrizaje es otro cantar muy diferente...
Porque para poder volar, para poder ascender y saber mantenerse, hay que descubrir también lo doloroso y muy probable que es caerse.
No siempre se consigue aterrizar en un lugar con vistas. No siempre caemos de una forma "elegante". Hay caídas muy desastrosas.

Así que para poder aterrizar con clase, usé métodos poco utilizados en estos tiempos que corren.

Me adueñé de la lluvia, porque no hay caída más bonita que las de la gotas de agua recorriendo tu cuerpo, las hojas de los arboles o el cristal de mi ventana. De los días que abarcan la estación de Otoño. Y sobre todo, de los primeros pasos que damos al nacer.

Hay aterrizajes que merecen vuelos de película.

Se puede volar sin alas y se puede caer con las suficientes ganas de volver a levantarse.
Y, ¿que te dan miedo las alturas? No te preocupes, que también se puede disfrutar de un vuelo entre sábanas.



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