Nace de la incomprensión de unos catorce años y va creciendo en la búsqueda de la significación mental.

miércoles, 27 de julio de 2016

El viaje [5]

- Desde cero -

Tantos impulsos nerviosos que tiene el cuerpo y tan pocos que la mente realiza.



Llené mi mochila con todo lo necesario y me la cargué al hombro expectante a que las puertas se abrieran de nuevo. En el otro hombro la guitarra y, para tener un medio de transporte, me adueñé de la bicicleta.

Una luz magistral nubló mis ojos hasta cegarme por completo. Las puertas se abrieron dejando pasar un brillo celestial. Pasados unos minutos, recobré la visión. Me incorporé e inhalé bastante aire a modo de valentía suprema. Salí con todo lo dispuesto y bajé del tren. Una vez los pies en el suelo, un ruido me percató del cierre de las puertas y al girarme, ya no estaba.
El tren había desaparecido.

Al volver la mirada, observé que las vías seguían como si de un camino se tratase. A ambos lados, solo hallaba hierba recién cortada. Y el resto, nada. No veía casas, ni coches, ni árboles si quiera. No había ruido, no había nada. Solo ese extraño camino que parecía no tener fin y más hierba.

La temperatura era la justa y necesaria, como si el tiempo jugará a mi favor. Lo único raro fue, que las dos primeras horas me costaba respirar un poco. Supongo que al haber estado en un almacén con algo de polvo justificaría este hecho.

La verdad es que resultaba muy inquietante todo aquello...

Continuará...

Raro, adjetivo no determinado por personas desconocidas a tal especialidad.

miércoles, 20 de julio de 2016

El viaje [4]

- Razones -

Es difícil dar explicaciones cuando no sabes ni lo que ocurre en tu interior.



Mi mente estaba en blanco.
¿Cómo podría escribir de mi vida si lo que quería era escapar de ella?
¿Cómo imaginar un futuro que parecía cada vez más lejano?

Tan solo pude anotar mi nombre en la esquina superior derecha: Velia (como la antigua ciudad italiana).

Cansada de las innumerables obligaciones que acortaban mi vida, problemas, falsos entendimientos y siempre con un afán de superación personal y ganas de comerme el mundo, decidí darle un sentido a las decisiones e ideas que yacían en mi mente desde hacía años.
Y ahí estaba, con veinticinco años en un tren sin rumbo aparente y sin nada de qué escribir.
Sabía que el principio me costaría y también, que no podría durar mucho con los recursos que disponía. Tarde o temprano todo el cargamento se gastaría o alguien me descubriría y me haría bajarme del tren.

No podía estar mucho tiempo ahí, protegiéndome del exterior, con miedos e inseguridades.
Aferrándome al presente cuando lo que quería era cambiar mi futuro.

Día 30. Salida del tren.

Continuará...


Recuerdos, seres de duración indeterminada que se alojan en el alma de las personas.

lunes, 11 de julio de 2016

Aprendí a volar

Aprendí a volar.
En primera clase y...
con un aterrizaje mas o menos perfecto.



Empecé ascendiendo por el descubrimiento infantil y por esa inocencia caracterizada de la poca experiencia.
Me di muchos golpes por el camino hasta que conseguí equilibrar el vuelo.
Con el tiempo el equipaje aumenta. Cada vez tienes más cosas en la cabeza y eso, pesa.

Para los despegues se necesita más potencia, así que me agarraba a las sonrisas generadas por cuatro amigos tirados en el césped de algún parque perdido. También me enganchaba a la satisfacción personal que se crea tras haber ganado una competición. De las sorpresas increíbles de personas especiales, de lo diferente que es inesperado, de los mensajes bonitos de noche y, por supuesto, de esos besos robados que te dejan loco pero que luego quieres más.

Si... Con eso ya tenía toda la fuerza suficiente para empezar. Pero ahora viene lo más complicado: estabilizarse en lo más alto. El equilibrio cuando rozas las nubes. Saber mantenerse cuando llegas a la cima.

Para ello, utilicé esa tranquilidad al saber que terminas por fin ese trabajo tan aparatoso. El placer y disfrute de un gran helado de chocolate. La relajación en un día de libranza vagueando por casa. Las películas con manta nevando fuera, en los masajes en la espalda y en la paciencia de los padres.
El saborear los momentos vividos y en pensar en la cantidad de ellos que aún me quedaban por vivir, eran claves para mantenerme en el aire.

El aterrizaje es otro cantar muy diferente...
Porque para poder volar, para poder ascender y saber mantenerse, hay que descubrir también lo doloroso y muy probable que es caerse.
No siempre se consigue aterrizar en un lugar con vistas. No siempre caemos de una forma "elegante". Hay caídas muy desastrosas.

Así que para poder aterrizar con clase, usé métodos poco utilizados en estos tiempos que corren.

Me adueñé de la lluvia, porque no hay caída más bonita que las de la gotas de agua recorriendo tu cuerpo, las hojas de los arboles o el cristal de mi ventana. De los días que abarcan la estación de Otoño. Y sobre todo, de los primeros pasos que damos al nacer.

Hay aterrizajes que merecen vuelos de película.

Se puede volar sin alas y se puede caer con las suficientes ganas de volver a levantarse.
Y, ¿que te dan miedo las alturas? No te preocupes, que también se puede disfrutar de un vuelo entre sábanas.



miércoles, 6 de julio de 2016

El viaje [3]

- El Transcurso -

Aún había recuerdos tan dolorosos y punzantes que conseguían nublar mi visión.




A pasos temblorosos me acerqué a una de las cajas y agarré uno de tantos libros que había dentro. Para mi sorpresa, el libro estaba completamente vacío. Repasé sus páginas hasta tres veces.
Nada.
Vacío.
Como yo.

Me costaba descifrar el paso del tiempo porque, para mí, todos los días eran iguales.
El tren se paró y abrió sus puertas unas veinticuatro veces, a si que imagino que ésos fueron los días que transcurrieron. Supongo que la pregunta más lógica sería que por qué no abandoné ese tren, verás... Ya he dejado pasar muchos y por primera vez, me sentía segura en aquel sitio.

En esos días realicé una investigación casi exhaustiva dentro del ferroviario, para mi ingenua suerte, parecía ser de cargamento. Llegué a supervisar hasta doce vagones y todos contenían; víveres con comida y bebida enlatada, semillas de café, más libros vacíos, paquetes de tabaco, ropa de todas las tallas, estilos y colores. Algunos cartuchos de pólvora, una bicicleta aparentemente nueva y una guitarra que no pesaba ni un gramo.

El día veinticinco, tumbada entre mantas y deslizando mis dedos por la cuerda de esa guitarra, una idea subrayó mi mente. Me incorporé de inmediato y rebusqué en mi mochila.
Cogí la pluma que me compré a los dieciocho años, agarré uno de los libros con la portada más increíble que había visto en mi vida, y me adentré a escribir como una crédula narradora omnisciente, lo que sería el comienzo de la aventura de mi vida o eso imaginaba...

Continuará...

Las locas ideas, son aquellas que transforman en artistas a las personas.

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